Fanatismo y populismo.

Introducción.

En México se está urdiendo un fraude a la Constitución por un grupo de fanáticos populistas. Si llegan a lograr su empresa, perderemos nuestra libertad. En Venezuela, Estado antes Constitucional y democrático, ya ocurrió. La situación venezolana nos permite afirmar que es posible, no solamente mediante una rebelión armada —como en Cuba—, sino a través de mecanismos liberales democráticos, tomar el poder sin aparentemente burlar a la Constitución, pero violentando sus principios, para después echarla a un lado y gobernar sin límites.

El populismo es la estrategia utilizada actualmente por esa clase de políticos. Pero antes de abocarnos al estudio esa estrategia política y de la caracterización de esos sujetos, habrá de contextualizar el entorno en donde operan.

En todas las sociedades organizadas políticamente existen dos clases de personas: las que mandan y los que obedecen[1]. Lo que hace diferente esta fotografía —de entre unos sistemas y otros— no es la fotografía en sí, sino el camino recorrido por los que mandan para llegar ahí.

Independientemente del sistema, los gobernantes tienden a querer mandar lo más intensamente posible y los gobernados, a querer ser mandados lo menos posible, e incluso algunos —los anarquistas— a no ser mandados, desconociendo la realidad apuntada en la primera anterior afirmación y otros, los más extraños, a ser mandados sin límites.

Esas tres posturas de los gobernados se deben a la intensidad en su aceptación de un instinto básico humano, obviamente permeado por su cultura: la necesidad de un orden jerárquico en un mundo incierto[2].

El liberalismo político resulta ser una victoria de las personas que aún deseando querer ser mandados lo menos posible, aceptan que para poder vivir en relativa paz y tranquilidad, —paradójicamente— deben acatar los dictados de una sola autoridad. Se ha descubierto que para ello, esa autoridad debe ser soberana y ser representante de un ente que le garantice al individuo su libertad. Ese ente es el Estado y su soberanía se manifiesta al detentar de manera monopólica, la posibilidad de hacer cumplir por la fuerza física sus determinaciones. Asimismo, se ha buscado que el Estado actué lo mejor posible, o por lo menos, el que refleje la menor cantidad de defectos de su creador: el género humano.

En esa consecución, nos hemos percatado que la mejor manera de hacerlo es jugando con limites.

El gobierno, como representante del Estado impone límites para la conducta de sus gobernados a través de las leyes. Esas normas, serán regularmente obedecidas, en tanto sus dictados obedezcan a la normalidad de conductas desplegadas por la mayoría de la sociedad y la capacidad del Estado de sancionar sus deseables escasos incumplimientos.

El gobierno también es limitado. Lo es por la constitución del Estado, norma jurídica que en primer lugar establece la llamada división de poderes impidiendo de entrada que el legislador, invada los espacios que la misma cultura ha identificado como íntimos de las personas —garantías individuales—, en segundo lugar, obliga al que ejecuta las leyes a asirse a las mismas en su desempeño y en tercer lugar, faculta al juez a determinar el sentido de la ley.

Pero la constitución no solamente limita el actuar del gobierno respecto de los gobernados. La constitución controla al poder del Estado mediante la regulación de dos procesos eminentemente políticos: el proceso que determina el quien es el que manda —proceso electoral— y el que define sus decisiones —proceso parlamentario—.

Ambos procesos son fundamentales para, entre otras cosas, afianzar la capacidad del Estado para sancionar los incumplimientos de sus leyes. Tanto el proceso electoral, como el proceso parlamentario, determinan tanto el contenido, como la eficiencia en la aplicación de las leyes.

Entre más genuina sea la representatividad que la democracia electoral supone, el contenido de las leyes coincidirán, en mayor medida, a las circunstancias reales de la sociedad. Asimismo, entre más funcional resulte el proceso parlamentario, la agenda se concentrará en las soluciones de los problemas más actuales de la misma.

El problema a nivel de juegos democráticos, es que a mayor intensidad en la representatividad, se da una menor intensidad en la funcionabilidad del proceso parlamentario y a menor intensidad en la representatividad, se da una mayor intensidad en la funcionabilidad del proceso parlamentario[3].

En nuestro país, recientemente hemos vivido una astringencia provocada por una profunda intensidad representativa al pasar de un sistema autoritario a uno democrático sin modificar las reglas del juego parlamentario. La astringencia ha sido de tal magnitud, que ha hecho plantearse a muchos —conciente o inconcientemente—, la inconveniencia de mantenernos en un sistema político liberal democrático, en lugar de buscar un equilibrio constitucional entre la representatividad y la funcionabilidad.

Ello implica una vista al pasado, donde se privilegiaba la funcionabilidad a cambio de una deficiente representación democrática. Empero, también implica una reacción radical. No solo se mira al pasado, sino que se le pretende perfeccionar. Ellos saben que el antiguo sistema autoritario no pudo mantenerse. Pero también están convencidos, de que no se mantuvo, no por su carácter antidemocrático, sino por su mediocridad. Ellos creen que el sistema no dio el paso decisivo: el control total y ahora están prestos a darlo.

Los populistas-fanáticos están convencidos que mediante el control total del Estado, evitando los contrapesos y límites inherentes al sistema liberal, podrán dar justicia —lo que para ellos signifique— a la sociedad a cambio de su libertad.

Es por ello, que desde nuestro punto de vista, resulta más apremiante, antes de buscar y encontrar un equilibrio constitucional entre la representatividad y la funcionabilidad a que nos hemos estando refiriendo, explorar la manera de fortalecer a nuestro sistema político liberal democrático, presupuesto de un Estado de Derecho. Sin embargo, lo anterior no se puede hacer, si no entendemos como son éstos sujetos, como piensan y que pretenden.

Por lo anterior, en este escrito, lo que buscamos es caracterizar al populista-fanático, porque solamente así se puede entender su peligrosidad. Sin embargo, antes de comenzar con la caracterización mencionada, opinaré brevemente acerca de otros temas:

¿Se puede evitar que los fanáticos-populistas arriben al poder en un Estado Constitucional democrático. Si, siempre y cuando, este otras cosas, exista un Estado de Derecho cabal. ¿En caso de que arriben al poder, el Estado puede contar con mecanismos que impidan defraudar a la Constitución y se salvaguarde al Estado Constitucional democrático?, Creo que no. Porque si bien, el fraude a la constitución se encuentra regulado actualmente por el artículo 136 de la constitución[4], su acción es remedial y política. Si el Estado Constitucional democrático es cancelado, se contempla la restauración de la vigencia constitucional, sin excluir por supuesto la vía armada. Pero, no existe una acción jurídica y preventiva de dicho fraude, ni es posible establecerla.

I. Estupidez y fanatismo.

Comencemos caracterizando al grupo que intenta tomar el poder. Carlo M. Cipolla, establece cuales son las leyes fundamentales de la estupidez humana.

La primera afirma que siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo[5]. La segunda establece que la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida, es independiente de cualquier otra característica de la misma persona[6], lo cual significa que cualquiera puede serlo, independiente de su nivel educativo, social o económico, raza, sexo o religión. Lo puede ser un premio Nóbel o un analfabeta. La tercera ley —llamada ley de oro— determina: “Una persona estúpida es una persona que a) causa un daño a otra persona o grupo de personas y b) sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio[7]. La cuarta afirma que las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Y concluye: “Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos, se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”[8]. Esta ley, como se verá enseguida, está directamente relacionada con la ceguera del liberalismo político que acusa Paul Berman.[9] Finalmente la quinta ley resalta que la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. Y el corolario de esta ley dice: El estúpido es más peligroso que el malvado[10 

El mismo autor hace una afirmación muy importante respecto de la tercera de las leyes anotadas, que como ya vimos caracteriza el actuar estúpidamente, causando daños a los demás, sin obtener beneficios, e incluso, causándose daños a sí mismo, esta última conducta es catalogada como súper estupidez.

La afirmación es la siguiente: “A la vista de esta Tercera Ley Fundamental, las personas racionales reaccionan instintivamente con escepticismo e incredulidad. (…). Todos nosotros recordamos ocasiones en que, desgraciadamente estuvimos relacionados con un individuo que consiguió una ganancia, causándonos un perjuicio a nosotros; nos encontrábamos frente a un malvado. También podemos recordar ocasiones en que un individuo realizó una acción, cuyo resultado fue una pérdida para él y una ganancia para nosotros: habíamos entrado en contacto con un incauto. Igualmente nos vienen a la memoria ocasiones en que un individuo realizó una acción de la que ambas partes obtuvimos provecho: se trataba de una persona inteligente. Tales casos ocurren continuamente. Pero si reflexionamos bien, habrá que admitir que no representan la totalidad de los acontecimientos que caracterizan nuestra vida diaria. Nuestra vida está salpicada de ocasiones en que sufrimos pérdidas de dinero, tiempo, energía, apetito, tranquilidad y buen humor por culpa de las dudosas acciones de alguna absurda criatura a la que, en los momentos más impensables e inconvenientes, se le ocurre causarnos daños, frustraciones y dificultades, sin que ella vaya a ganar absolutamente nada con sus acciones. Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad, no existe explicación —o mejor dicho— sólo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida”[11].

Sobre esta última afirmación, nosotros diríamos contradiciendo a Cipolla: en realidad, sí existe una explicación —o mejor dicho— solo hay una explicación: la persona en cuestión es fanática.

Sobre el fanatismo Amos Oz dice: “…la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar.

El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular por ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en si mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto. El señor Bin Laden y la gente de su calaña no sólo odian a Occidente. No es tan sencillo. Más bien creo que quieren salvar nuestras almas, quieren liberarnos de nuestros aciagos valores: del materialismo, del pluralismo, de la democracia, de la libertad de opinión, de la liberación femenina…”[12].

Es decir, el fanático “te daña por tu bien” e incluso se daña a sí mismo “por tu bien”. De ello se desprende claramente que la causa del actuar estúpidamente es el fanatismo. Y los populistas-fanáticos actúan dañando al prójimo supuestamente por su bien y sin obtener ningún beneficio a cambio. Los bloqueos de 2006 de vialidades importantes de la Ciudad de México, se efectuaron supuestamente por nuestro bien, —aunque el que las provoco también se dañó—.

Sin embargo, esa identificación entre el fanático y su actuar estúpido, nos da una esperanza que le da la vuelta, al aparente pesimismo de Cipolla. Si la causa del actuar estúpido es el fanatismo, basta entonces los fanáticos dejen de serlo. Lo anterior representa un reto, porque eso implica de alguna manera lograr que los estas personas dejen de ser fanáticos y dejen de dañar, lo cual no es el objeto que éste escrito persigue.

Asimismo, al igual que la estupidez, el fanatismo puede aparecer en cualquier persona, sin distingos de sexo, edad, condición social o económica, religión, raza o educación. Por ello es que no compartimos la teoría muy usada en nuestros días que afirma una “polarización” de la sociedad mexicana entre ricos y pobres, cuando lo que realmente está ocurriendo, es un ataque de unos fanáticos en contra del liberalismo político, o sea, en contra del Estado Constitucional mexicano.

Y por otra parte, habrá de recordar que la asociación con el fanático en cualquier empresa garantiza una catástrofe necesaria, recordemos que la cuarta ley fundamental de la estupidez humana nos recuerda que los no estúpidos, es decir, los no fanáticos, subestiman la nocividad del fanático. En este sentido, antes de pasar a ver los aspectos que provocan los ataques al liberalismo político, habrá de explicarse como se liga esta regla con la ceguera del liberalismo.

A decir de Paul Berman, “El liberalismo siempre ha tenido dificultades para reconocer la naturaleza y a veces la existencia misma de estas rebeliones totalitarias. Esto de debe, en parte, a que el liberalismo da por sentado un mundo en el que la gente se comporta de acuerdo con un análisis racional de intereses y deseos. Ése es el ideal liberal, y es natural para sus partidarios asumir que ese ideal ya se profesa extensamente.

Y, sin embargo, justo el propósito de los movimientos totalitarios es alzarse en contra de ese tipo de cálculos racionales. Los totalitarios quieren vivir sus fantasías apocalípticas, quieren sentir la excitación del odio intenso y la emoción que rompe los tabúes del asesinato en masa. La gente con mentalidad liberal quiere creer que no existe esa excitación y esos deseos.

Dado que el liberalismo siempre se ha querido autocrítico, es muy fácil para la gente con ideas liberales acabar observando los movimientos totalitarios y, en un ánimo reflexivo, preguntarse: Y, ¿no somos nosotros, los liberales, tan malos como ellos, o quizá peores? Lo que en algunas ocasiones ha sido el caso, aunque no típicamente”.

Esa ceguera que como se puede observar, tiene su origen en la cuarta ley fundamental de la estupidez humana, es la que debemos evitar ahora, no podemos ocultar el ataque tan grave que enfrenta nuestro sistema político, y no podemos tampoco, bajo ninguna circunstancia, asumir la posición que le atribuye al tiempo el dote mágico de terminar con este problema, porque como se verá más adelante, el tiempo no cura a los fanáticos, por más que en apariencia los ánimos se vayan supuestamente “enfriando”.

Decíamos entonces, que a decir del mismo autor, dos son los aspectos que provocan los ataques al liberalismo político, “Un primer aspecto ha sido una enorme capacidad para la hipocresía. Es perfectamente posible proclamar las intenciones más liberales y, acto seguido, esgrimir una espada y emprender la marcha matando y provocando el caos por razones que al final no tienen nada que ver con las intenciones liberales”[13], —es decir, que a veces los liberales se comportan como si no lo fueran— y “el liberalismo siempre ha contenido un segundo aspecto que también provoca abatimiento, no tanto práctico, sino metafísico. Hay algo en el ser humano que ansía la unidad del pensamiento y la sociedad, algo que quiere alcanzar una fuerza sobrehumana, algo que anhela un dios, o algún otro poder supremo o mano que lo guíe. El liberalismo, en su humildad, no niega este deseo. Pero tampoco lo satisface. El liberalismo dice, en efecto: “Sí, puedes sentir este anhelo, tienes derecho a sentirlo y a elaborar el sistema de pensamiento religioso o filosófico que te plazca. Pero debes permitir que estos anhelos y sistemas de pensamiento permanezcan confinados a sus propias esferas, y no reducir cada aspecto de la vida y de la mente a un solo anhelo o sistema de pensamiento.”

O sea: debes respetar y convivir con las opiniones, también libres y distintas, de los demás para lo cual, necesariamente tus anhelos y sistemas religiosos no se pueden exportar a tus anhelos y sistemas políticos, familiares, sociales, ideológicos, etcétera, ni viceversa.

El autor citado concluye:

“Al escuchar tal mensaje, el alma se cae hasta los pies. Y por esto, el liberalismo siempre ha dejado a mucha gente insatisfecha.”[14]

Este sentir también, nos lo describe puntualmente Fernando Pessoa al afirmar: “Nos quedamos pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso”[15].

Así, los aspectos señalados, provocan una tensión permanente entre los liberales y sus oponentes, porque para estos últimos, los primeros no deben existir y por eso, les tememos en el poder, ya que para los fanáticos-populistas, solo existen dos opciones, o estás con ellos (y en consecuencia te vuelves fanático) o estás en su contra (y en consecuencia debes desaparecer).

A pesar de esa tensión, nosotros pensamos que el Estado constitucional democrático puede hacer algunas cosas para desviar el ataque, evitando en la medida de lo posible actuar intolerantemente, o de manera poco práctica, promoviendo una opinión pública tolerante —donde también pueden participar todos los involucrados en la formación de la opinión pública—[16], mediante la materialización de algunas técnicas que para curar el fanatismo nos proponen Amos Oz y Georges Corm y finalmente, actualizando la norma que regula los juegos políticos —la Constitución—, para poder actuar debidamente en la globalización, con todo y un Estado de Derecho.

¿Cómo curar a un fanático?, se pregunta Amos Oz. Pero antes de analizar sus sugerencias, veamos algunos otros caracteres del fanatismo:

Los fanáticos “creen que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida”.[17] “No convertirse en fanático significa ser (…) un traidor a los ojos del fanático”.[18] “Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal por llamarlo de alguna manera.”[19]”…la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”[20]. “Hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación”[21].”Conformidad y uniformidad, la urgencia por «pertenecer a» y el deseo de hacer que todos los demás «pertenezcan a», pueden constituir perfectamente las formas de fanatismo más ampliamente difundidas, aunque no las más peligrosas. (…) Una vez dicho que la conformidad y la uniformidad son formas morigeradas pero extendidas de fanatismo, tengo que añadir que, con frecuencia, el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores, bien pueden constituir otras formas extendidas de fanatismo”[22]. “Mucho cuidado, el fanatismo es altamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo.[23]

A decir de Oz, puede ayudar para curar el fanatismo, el inyectar algo de imaginación en los que la padecen, utilizándola para hacerlos sentir incómodos, mediante ejercicios que les demuestren lo absurdo de sus visiones bipolares: “o es blanco o es negro”. [24]. También puede servir la literatura, misma que demuestra que siempre el fanatismo termina en tragedia. [25] A su vez, también auxilia el aprender a gozar de la diversidad, de situaciones con final abierto, imaginándonos a otro, “poniéndonos en sus zapatos, manera de ver las cosas que la historia oficial no ayuda, porque ella exige situaciones con final cerrado, inapelables donde nuestros héroes nacionales resultan ser impolutos, libres de toda vulnerabilidad humana a tal grado, que nuestros próceres, resultan ser más pulcros que los dioses del Olimpo, [26] y finalmente, entendiendo que todos, más que islas, somos penínsulas en el sentido de que al final del día todos tenemos el mismo origen, porque todos somos seres humanos[27].

Empero, para dicho autor, la medicina es sin duda el sentido del humor:[28] “Tener sentido del humor implica la habilidad de reírse de uno mismo. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve. Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de razón o cualquier cosa cargada de razón. Con sentido del humor, puede que además uno sea parcialmente inmune al fanatismo.[29]

Por su parte, Georges Corm, tratando en el fondo las mismas cuestiones, ve como medicina en repensar y restituir el prestigio de la laicidad: “(…) hay que restablecer ante todo la laicidad y su prestigio, como elemento fundador de la sociedad «moderna» frente a la antigua o a la organizada en torno al monoteísmo bíblico, en la que la vida de los dioses o del Dios único está íntimamente imbricada en la vida ritual e intelectual. La laicidad es, en efecto, un componente substancial de la ciudadanía. Es también un remedio permanente contra el fanatismo y las tendencias colectivas al autoritarismo. Es el auténtico fundamento de la autonomía del individuo y de su respeto por parte de las autoridades establecidas. (…) [La laicidad] “Debe ser una negativa a sacralizar toda doctrina susceptible de erigirse en absoluto eludiendo la crítica de la inteligencia humana. Para ello, habría que «laicizar» la laicidad, es decir, despojarla de su estatus de doctrina «específicamente» cristiana y occidental, y hacerla alcanzar un auténtico estatus de valor universal”[30], pero, diríamos nosotros, sin a su vez sacralizarla o hacerla dogma o deidificarla.

II. Populismo.

Ahora bien, con relación al populismo[31] habrá de entenderse que no se trata de una posición política. No toma partida con relación al principio de igualdad. Hay populistas de derechas y de izquierdas. Tampoco es una forma jurídica o formal de gobierno. Ellas son la autocracia o dictadura o la democracia, el sistema parlamentario o el presidencialista, la monarquía o la república, el mecanismo representativo o el directo. Puede aparecer el populismo en una democracia, en una dictadura o en una monarquía. Puede, como en el caso de Venezuela, iniciar en una democracia y girar hacia una dictadura. Es muy maleable. No es ni doctrina ni ideología. No persigue ideas concretas ni principio o valor alguno: es hueco. Tampoco es un modelo económico, aunque por su idolatría al Estado encarnado en el populista, normalmente tiende a una intervención muy fuerte en el mercado. Un día puede tomar medidas expansivas del gasto público y al otro restrictivas. Se distingue por su oportunismo y su desorden e imprevisibilidad en las finanzas.

Nuestra definición del populismo es la siguiente: Es una estrategia política que manipula a las masas, mediante el uso del sentimentalismo, para justificar la irracionalidad del populista en la persecución, ejercicio y conservación del poder. Contextualizamos al sentimentalismo en oposición a la racionalidad. Todos sabemos que, por ejemplo, en una democracia, el voto se decide racionalmente, ya sea por maximización de la utilidad (esto es lo más normal: significa que el voto se decide en razón del beneficio que se le otorgue al votante al menor costo), ya por coherencia entre los principios del candidato y los propios del votante o por una ponderación entre los medios y los fines que se le proponen, lo cual es lo más extraño porque representa el dominio de información muy compleja. Sin embargo, esta estrategia política busca que las masas, levanten el velo de su razón para así permitir las irracionalidades del que gobierna o pretende hacerlo. Una situación racional es remplazada por una sentimental, que lleva a su vez a la irracionalidad en la toma de decisiones, lo cual facilita la aceptación y justificación de las irracionalidades del que manda o pretende mandar. Así pues, las personas ¾en ese estado de irracionalidad¾ permiten y facilitan perjuicios a costos altos en su contra, incoherencias propias y si tuvieren el conocimiento suficiente, una ponderación deficiente entre medios y fines. En resumen, al levantar el velo de la razón de las masas, el que manda o pretende mandar, hace lo que quiere.

El engaño funciona así: en primer lugar hay que señalar la necesidad de la existencia de EL ENEMIGO. El enemigo es la gasolina del motor llamado populismo. El enemigo es una minoría o un ente ambiguo representado por algún sujeto (Por ejemplo: el imperialismo, representado por Bush, en el caso de Venezuela). El segundo elemento es EL PUEBLO. El pueblo ¾de acuerdo a esta estrategia¾, es un sujeto. ¿Cómo se construye a este sujeto? En un primer plano, tenemos a las personas. Luego, al reunirse un conjunto más o menos amplio ¾esa amplitud siempre será relativa¾, surge el pueblo. El pueblo así concebido, es además superior a los sujetos que lo conforman y abarca además a aquellos que físicamente no se han reunido. Además, como todo sujeto, tiene voluntad y sentimientos. Sin embargo, la única manera de observarlo empíricamente es a través de muchedumbres reunidas y manifestándose, ¾que obviamente son relativamente fáciles de manipular¾. Lo anterior obedece a una característica muy peculiar: el pueblo es intangible, pero se materializa a través de las masas. Pero como regularmente las muchedumbres no se encuentran reunidas, se requiere de alguien que interprete su voluntad y sentimientos. Ese alguien es EL POPULISTA. Él es el sumo intérprete del pueblo.

El pueblo en el sentido estudiado es una víctima permanente de su enemigo, su voluntad es perfecta y sus sentimientos son absolutamente genuinos. Esas cualidades se trasportan tal cuales a su máximo interprete. De lo anterior se desprende que la voluntad del populista es perfecta y sus sentimientos son completamente correctos porque corresponden a los del pueblo y además siempre es una víctima. El pueblo se manifiesta supuestamente a través del populista. De ahí deviene la justificación de todas las acciones, racionales o irracionales, buenas o malas del populista. El populista entonces, no tiene límites. Podemos señalar algunas de las características de aquellos que no tienen límites: son voluntaristas, demagogos o mentirosos, conflictivos, arbitrarios, en resumen: irracionales. Pero además requieren de otra característica. Necesitan ser carismáticos y excelentes políticos para ganar la carrera del populismo, para ser el candidato a populista colocado en el lugar correcto, en el momento oportuno. Cabe hacer mención que el candidato a populista no es lo mismo que el populista, aunque en el lenguaje común se confunden. Para poder calificar a alguien de populista, no basta que reúna las cualidades antes señaladas (voluntaristas, demagogos o mentirosos, conflictivos y arbitrarios) sino que busquen, tengan el poder o pretendan conservarlo (estar correctamente colocados) y que en esos lances las demuestren.

¿Pero, esta estrategia política será plausible en todos lados, en todo momento? Parece que no es así. Se requiere que algunas precondiciones ya aisladas o en su conjunto y dependiendo de su intensidad, se den en la sociedad. Ellas son: desigualdad económica, pobreza, falta de cohesión social, tendencia cultural al patrimonialismo y decadencia moral.

Para que el populismo aparezca en una sociedad ¾además de contar con las precondiciones antes indicadas¾ requiere de dos factores. De una sociedad que lo permita y de un populista que asuma el papel. Para ello, el populista debe ser sumamente hábil y coadyuvar a politizar a la sociedad. Por otro lado, la sociedad debe tener una predisposición sentimental favorable masificada, que le facilite quitarse el velo de la razón y así aceptar irracionalmente las órdenes irracionales del que manda. Nos encontramos entonces en el campo de los sentimientos, no en los lugares de la razón.

a) La pericia del populista.

El populista para lograr su objetivo debe trabajar muy fuerte y como ya se dijo, encontrarse en el lugar y momento adecuado. Debe también desconcertar, aparecer como una esperanza, pero al mismo tiempo, debe fomentar la creación de percepciones ¾deriven o no de la realizad¾ negativas en las mismísimas personas acerca de su situación. Debe fomentar la maximización de un ideal. (no importa cual, pero normalmente es uno vigente en la sociedad; por ejemplo, en un Estado democrático, grita vehementemente ¡más democracia!). Pero no todo depende del populista, aunque cuando además fanático, es muchísimo más peligroso.

Todos sabemos, nos lo dice Sartori, que la democracia es un gobierno de opinión, y en concreto nos explica como se forma la opinión pública y cual es el papel de cada quien en esa formación. Normalmente nos explica, se forma en cascada, donde en la parte superior se encuentran las elites económicas, sociales y políticas, luego los medios masivos de comunicación, para pasar por el filtro de los líderes locales de opinión y finalmente se llega a la masa. Puede también eventualmente por una crisis política económica o social, crearse de abajo hacia arriba mediante estallidos de opinión, donde la influencia de los intelectuales es fundamental. Y finalmente, se forma mediante la identificación de los grupos (familia, partido, religión, etcétera).

Nada impide que estos mecanismos de opinión influyan en la creación de una predisposición sentimental masiva favorable al populismo. Esta predisposición puede contener entre otros, los siguientes sentimientos negativos; ansiedad por el estatus (materialismo), desesperación, resentimiento, desilusión y rencor.

c) La politización extrema de la sociedad.

No obstante, puede ocurrir todo lo anterior, sin que se active el populismo. Antes dijimos que el enemigo es la gasolina del motor llamado populismo. El populismo no puede mantenerse sin él. Para ello, hay que crear al enemigo y ello solo ocurre cuando se politiza de manera extrema y anormal a la sociedad. El ciudadano estándar, se limita en política a votar. Ello además es lo recomendable. Como ya señalamos, el ciudadano al votar en términos generales lo hace racionalmente. Obviamente entre más racionalmente lo haga es mejor: cuando lo hace por coherencia o por la ponderación entre medios y fines en lugar de hacerlo simplemente por conveniencia. Sin embargo, el participacionismo malo, consiste en involucrar o pretender hacer involucrar al ciudadano normal de manera forzada en la vorágine de la política. (para ello están los políticos profesionales) Quisiera aquí mencionar, que a pesar del término, existe un participacionismo bueno, cuyo término adecuado es una correcta ciudadanía, no como la hemos llamado participación democrática. Pero en fin, lo importante es destacar que los mecanismos de formación de opinión pública también pueden ser utilizados de manera conciente o por error, para difuminar una politización extrema en la sociedad, y que al conjugarse dicha politización con una sociedad donde los sentimientos de ansiedad por el estatus (materialismo), desesperación, resentimiento, desilusión y rencor, se encuentran a flor de piel y con la presencia del populista en el lugar y momento oportuno, desencadenan sin remedio al populismo.

Todo lo anterior nos indica de manera esperanzadora que si se puede evitar el populismo. Obviamente primero, al erradicar las precondiciones señaladas: desigualdad económica, pobreza, falta de cohesión social, tendencia cultural al patrimonialismo y a la decadencia moral. Si en la circunstancia concreta se encuentran presentes, entonces hay que hacer una o las dos cosas siguientes: o neutralizar al populista y/o evitar el aterrizaje de una predisposición sentimental masiva favorable al populismo. ¿Como se puede neutralizar al populista? Nosotros pensamos que la única manera es a través de instituciones que limitan el poder fuertes. Y esas instituciones solamente se pueden desarrollar en un Estado Constitucional. Pero además una Constitución es respetada cuando su vigilante, el Tribunal Constitucional (en nuestro caso la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y en algunos casos las cámaras legislativas), es respetado y efectivo. De lo anterior se desprende que en un Estado no Constitucional o con una Constitución inefectiva (con arbitro débil), el populista no puede ser neutralizado. Por su parte, la predisposición sentimental (recordemos que en éste tema estamos en el campo de los sentimientos) masiva favorable, puede ser contenida o corregida cuando ya surgió, mediante una adecuada y responsable creación de opinión pública. Donde todos los involucrados, antes de ser enajenados por la maquinaria populista (y perder la racionalidad en consecuencia), en lugar de fomentar con nuestra conducta sentimientos negativos, fomentemos los contrarios, en lugar de materialismo, humanismo, en vez de desesperación, esperanza, etcétera. Finalmente, y en el caso de que el populista no hubiere podido ser neutralizado ni la predisposición sentimental detenida, todavía queda una oportunidad. Consiste en evitar mediante todos los medios legales posibles la politización extrema de la sociedad. Recordemos que esa politización es la ignición del motor llamado populismo: le da vida a EL ENEMIGO. ¿Cómo hacerle? Veo que la respuesta tiene dos vertientes o rutas: una por la acción gubernamental y otra por la creación de opinión pública inteligente. El gobierno y en concreto la legislación y las autoridades electorales deben limitar la excesiva propaganda ¾mediante la reducción de los financiamientos¾, la duración de las campañas y procurar, en la medida de lo posible, la simultaneidad de elecciones locales con las federales. Por otro lado, todos los involucrados en la creación de opinión pública que no hayan perdido la cordura: líderes empresariales, sociales, políticos, los medios de comunicación, los líderes locales de opinión, los intelectuales, las iglesias y las universidades deben asumir su responsabilidad: si no crean una opinión diferente o por lo menos no provocan una que politice negativamente a la sociedad, contrario a constituirse en una barrera que detenga al populismo, contribuirán al mismo como su catalizador.

El populismo es sumamente peligroso. Significa entregarle todo el poder a una persona. Significa ponernos a su disposición como lacayos. Significa renunciar a nuestras ideas por las suyas, destruyendo a toda cuanta minoría se le ponga en frente. El populismo es ambiguo, escurridizo, difícil de entender y de atacar, pero aún así, se le puede enfrentar y neutralizar.

Como ya antes los mencionamos, la combinación fanatismo-populismo es sumamente compleja. Su contención solo puede hacerse si tratamos de entender como razonan y reaccionan. En todo caso, a todos aquellos que valoramos nuestra libertad tenemos que hacer algo.


 

[1] MOSCA, Gaetano. “La clase política”. Tr. Marcos Lara, Ed. FCE, México, 2004, p. 91.

[2] DEL REY MORATÓ, Javier. “Los juegos políticos”. Ed. Tecnos, Madrid, 1997, p. 63.

[3] SHEPSLE, Kenneth A. et. al., “Las formulas de la política”, Tr. Mario Zamudio. Ed. Taurus, México 2005, p. 414.

[4] El artículo 136 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece: “Esta Constitución no perderá su fuerza y vigor aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia. En caso de que por cualquier trastorno público, se establezca algún gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tan luego como el pueblo recobre su libertad, se restablecerá su observancia, y con arreglo a ella y a las leyes que en su virtud se hubieren expedido, serán juzgados, así los que hubieren figurado en el gobierno emanado de la rebelión, como los que hubieren cooperado a ésta”.

[5] CIPOLLA, Carlo M. “Allegro ma non troppo”. Tr. María Pons, Ed. Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1991, p. 55.

[6] Ibid, p.58.

[7] Ibid, p.66.

[8] Ibid, p. 80.

[9] BERMAN, Paul “Ocho caras de la realidad”. Revista Letras Libres, año VIII, número 91, Tr. Una Pérez Ruiz Ed. Vuelta, México, julio 2006, p.34

[10] CIPOLLA, Carlo M., ob. cit., p. 81.

[11] Ibid, pp.66-67.

[12] OZ, Amos, Contra el fanatismo” Tr. Daniel Sarasola, Ed. Siruela, Madrid, 2003, pp. 26-27.

[13] BERMAN, Paul, ob. cit. pp. 34-35.

[14] Ibid, p. 35.

[15] Pessoa, Fernando. Livro do desassossego. Ed. Seix Baarral, 18ª ed., p.32, Barcelona, 1997.

[16] Todos sabemos, nos lo dice Sartori, que la democracia es un gobierno de opinión, y en concreto nos explica como se forma la opinión pública y cual es el papel de cada quien en esa formación. Normalmente nos explica, se forma en cascada, donde en la parte superior se encuentran las elites económicas, sociales y políticas, luego los medios masivos de comunicación, para pasar por el filtro de los líderes locales de opinión y finalmente se llega a la masa. Puede también eventualmente por una crisis política económica o social, crearse de abajo hacia arriba mediante estallidos de opinión, donde la influencia de los intelectuales es fundamental. Y finalmente, se forma mediante la identificación de los grupos (familia, partido, religión, etcétera)”. Fragmento tomado de: AGUIRRE SÁNCHEZ, SERGIO SALVADOR “Algunas notas sobre el populismo”. Revista Entorno, año 18, número 210, Febrero de 2006, pp. 24-29.

[17] OZ, Amos, ob cit. P. 12.

[18] Ibid, p. 19.

[19] Ibid, p.13.

[20] Ibid, p. 21.

[21] Ibid, p.23.

[22] Ibid, pp.23-24.

[23] El autor espera fervientemente no haberse convertido ya en un fanático antifanático.

[24] OZ, Amos, ob. cit., p. 23.

[25] Ibid, p. 31.

[26] Ibid, pp. 34-35.

[27] Ibid, pp. 38-39.

[28] Ibid, p. 32.

[29] Ibid, p.33.

[30] CORM, Georges. La fractura imaginaria”. Tr. María Cordón Vergara, Ed. Tusquets Editores, Barcelona, 2004, pp. 167-168.

[31] Las ideas aquí plasmadas están tomadas del siguiente artículo elaborado por el autor: AGUIRRE SÁNCHEZ, SERGIO SALVADOR “Algunas notas sobre el populismo”. Revista Entorno, año 18, número 210, Febrero de 2006, pp. 24-29.