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Fanatismo y populismo.
Introducción.
En México se está urdiendo un fraude a la Constitución por un grupo
de fanáticos populistas. Si llegan a lograr su empresa, perderemos
nuestra libertad. En Venezuela, Estado antes Constitucional y
democrático, ya ocurrió. La situación venezolana nos permite afirmar
que es posible, no solamente mediante una rebelión armada —como en
Cuba—, sino a través de mecanismos liberales democráticos, tomar el
poder sin aparentemente burlar a la Constitución, pero violentando
sus principios, para después echarla a un lado y gobernar sin
límites.
El populismo es la estrategia utilizada actualmente por esa clase de
políticos. Pero antes de abocarnos al estudio esa estrategia
política y de la caracterización de esos sujetos, habrá de
contextualizar el entorno en donde operan.
En todas las sociedades organizadas políticamente existen dos clases
de personas: las que mandan y los que obedecen.
Lo que hace diferente esta fotografía —de entre unos sistemas y
otros— no es la fotografía en sí, sino el camino recorrido por los
que mandan para llegar ahí.
Independientemente del sistema, los gobernantes tienden a querer
mandar lo más intensamente posible y los gobernados, a querer ser
mandados lo menos posible, e incluso algunos —los anarquistas— a no
ser mandados, desconociendo la realidad apuntada en la primera
anterior afirmación y otros, los más extraños, a ser mandados sin
límites.
Esas tres posturas de los gobernados se deben a la intensidad en su
aceptación de un instinto básico humano, obviamente permeado por su
cultura: la necesidad de un orden jerárquico en un mundo incierto.
El liberalismo político resulta ser una victoria de las personas que
aún deseando querer ser mandados lo menos posible, aceptan que para
poder vivir en relativa paz y tranquilidad, —paradójicamente— deben
acatar los dictados de una sola autoridad. Se ha descubierto que
para ello, esa autoridad debe ser soberana y ser representante de un
ente que le garantice al individuo su libertad. Ese ente es el
Estado y su soberanía se manifiesta al detentar de manera
monopólica, la posibilidad de hacer cumplir por la fuerza física sus
determinaciones. Asimismo, se ha buscado que el Estado actué lo
mejor posible, o por lo menos, el que refleje la menor cantidad de
defectos de su creador: el género humano.
En esa consecución, nos hemos percatado que la mejor manera de
hacerlo es jugando con limites.
El gobierno, como representante del Estado impone límites para la
conducta de sus gobernados a través de las leyes. Esas normas, serán
regularmente obedecidas, en tanto sus dictados obedezcan a la
normalidad de conductas desplegadas por la mayoría de la sociedad y
la capacidad del Estado de sancionar sus deseables escasos
incumplimientos.
El gobierno también es limitado. Lo es por la constitución del
Estado, norma jurídica que en primer lugar establece la
llamada división de poderes impidiendo de entrada que el legislador,
invada los espacios que la misma cultura ha identificado como
íntimos de las personas —garantías individuales—, en segundo lugar,
obliga al que ejecuta las leyes a asirse a las mismas en su
desempeño y en tercer lugar, faculta al juez a determinar el sentido
de la ley.
Pero la constitución no solamente limita el actuar del gobierno
respecto de los gobernados. La constitución controla al poder del
Estado mediante la regulación de dos procesos eminentemente
políticos: el proceso que determina el quien es el que manda
—proceso electoral— y el que define sus decisiones —proceso
parlamentario—.
Ambos procesos son fundamentales para, entre otras cosas, afianzar
la capacidad del Estado para sancionar los incumplimientos de sus
leyes. Tanto el proceso electoral, como el proceso parlamentario,
determinan tanto el contenido, como la eficiencia en la aplicación
de las leyes.
Entre más genuina sea la representatividad que la democracia
electoral supone, el contenido de las leyes coincidirán, en mayor
medida, a las circunstancias reales de la sociedad. Asimismo, entre
más funcional resulte el proceso parlamentario, la agenda se
concentrará en las soluciones de los problemas más actuales de la
misma.
El problema a nivel de juegos democráticos, es que a mayor
intensidad en la representatividad, se da una menor intensidad en la
funcionabilidad del proceso parlamentario y a menor intensidad en la
representatividad, se da una mayor intensidad en la funcionabilidad
del proceso parlamentario.
En nuestro país, recientemente hemos vivido una astringencia
provocada por una profunda intensidad representativa al pasar de un
sistema autoritario a uno democrático sin modificar las reglas del
juego parlamentario. La astringencia ha sido de tal magnitud, que ha
hecho plantearse a muchos —conciente o inconcientemente—, la
inconveniencia de mantenernos en un sistema político liberal
democrático, en lugar de buscar un equilibrio constitucional entre
la representatividad y la funcionabilidad.
Ello implica una vista al pasado, donde se privilegiaba la
funcionabilidad a cambio de una deficiente representación
democrática. Empero, también implica una reacción radical. No solo
se mira al pasado, sino que se le pretende perfeccionar.
Ellos saben que el antiguo sistema autoritario no pudo mantenerse.
Pero también están convencidos, de que no se mantuvo, no por su
carácter antidemocrático, sino por su mediocridad. Ellos creen que
el sistema no dio el paso decisivo: el control total y ahora están
prestos a darlo.
Los populistas-fanáticos están convencidos que mediante el control
total del Estado, evitando los contrapesos y límites inherentes al
sistema liberal, podrán dar justicia —lo que para ellos signifique—
a la sociedad a cambio de su libertad.
Es por ello, que desde nuestro punto de vista, resulta más
apremiante, antes de buscar y encontrar un equilibrio constitucional
entre la representatividad y la funcionabilidad a que nos hemos
estando refiriendo, explorar la manera de fortalecer a nuestro
sistema político liberal democrático, presupuesto de un Estado de
Derecho. Sin embargo, lo anterior no se puede hacer, si no
entendemos como son éstos sujetos, como piensan y que pretenden.
Por lo anterior, en este escrito, lo que buscamos es caracterizar al
populista-fanático, porque solamente así se puede entender su
peligrosidad. Sin embargo, antes de comenzar con la caracterización
mencionada, opinaré brevemente acerca de otros temas:
¿Se puede evitar que los fanáticos-populistas arriben al poder en un
Estado Constitucional democrático. Si, siempre y cuando, este otras
cosas, exista un Estado de Derecho cabal. ¿En caso de que arriben al
poder, el Estado puede contar con mecanismos que impidan defraudar a
la Constitución y se salvaguarde al Estado Constitucional
democrático?, Creo que no. Porque si bien, el fraude a la
constitución se encuentra regulado actualmente por el artículo 136
de la constitución,
su acción es remedial y política. Si el Estado Constitucional
democrático es cancelado, se contempla la restauración de la
vigencia constitucional, sin excluir por supuesto la vía armada.
Pero, no existe una acción jurídica y preventiva de dicho fraude, ni
es posible establecerla.
I. Estupidez y
fanatismo.
Comencemos caracterizando al grupo que intenta tomar el poder. Carlo
M. Cipolla, establece cuales son las leyes fundamentales de la
estupidez humana.
La primera afirma que siempre e inevitablemente cada uno de nosotros
subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el
mundo.
La segunda establece que la probabilidad de que una persona
determinada sea estúpida, es independiente de cualquier otra
característica de la misma persona,
lo cual significa que cualquiera puede serlo, independiente de su
nivel educativo, social o económico, raza, sexo o religión. Lo puede
ser un premio Nóbel o un analfabeta. La tercera ley —llamada ley
de oro— determina: “Una persona
estúpida
es una persona que a) causa un daño a otra persona o grupo
de personas y b) sin obtener, al mismo tiempo, un
provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.
La cuarta afirma que las personas no estúpidas subestiman siempre el
potencial nocivo de las personas estúpidas. Y concluye: “Los no
estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier
momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse
con individuos estúpidos, se manifiesta infaliblemente como un
costosísimo error”.
Esta ley, como se verá enseguida, está directamente relacionada con
la ceguera del liberalismo político que acusa Paul Berman.
Finalmente la quinta ley resalta que la persona estúpida es el
tipo de persona más peligrosa que existe. Y el corolario de esta
ley dice: El estúpido es más peligroso que el malvado
El mismo autor hace una afirmación muy importante respecto de la
tercera de las leyes anotadas, que como ya vimos caracteriza el
actuar estúpidamente, causando daños a los demás, sin obtener
beneficios, e incluso, causándose daños a sí mismo, esta última
conducta es catalogada como súper estupidez.
La afirmación es la siguiente: “A
la vista de esta Tercera Ley Fundamental, las personas
racionales reaccionan instintivamente con escepticismo e
incredulidad. (…). Todos nosotros recordamos ocasiones en que,
desgraciadamente estuvimos relacionados con un individuo que
consiguió una ganancia, causándonos un perjuicio a nosotros; nos
encontrábamos frente a un malvado. También podemos recordar
ocasiones en que un individuo realizó una acción, cuyo resultado fue
una pérdida para él y una ganancia para nosotros: habíamos entrado
en contacto con un incauto. Igualmente nos vienen a la
memoria ocasiones en que un individuo realizó una acción de la que
ambas partes obtuvimos provecho: se trataba de una persona
inteligente. Tales casos ocurren continuamente. Pero si
reflexionamos bien, habrá que admitir que no representan la
totalidad de los acontecimientos que caracterizan nuestra vida
diaria. Nuestra vida está salpicada de ocasiones en que sufrimos
pérdidas de dinero, tiempo, energía, apetito, tranquilidad y buen
humor por culpa de las dudosas acciones de alguna absurda criatura a
la que, en los momentos más impensables e inconvenientes, se le
ocurre causarnos daños, frustraciones y dificultades, sin que ella
vaya a ganar absolutamente nada con sus acciones. Nadie sabe,
entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que
hace. En realidad, no existe explicación —o mejor dicho— sólo hay
una explicación: la persona en cuestión es estúpida”.
Sobre esta última afirmación, nosotros diríamos contradiciendo a
Cipolla: en realidad, sí existe una explicación —o mejor dicho—
solo hay una explicación: la persona en cuestión es fanática.
Sobre el fanatismo Amos Oz dice: “…la esencia del fanatismo reside
en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan
común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer
ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser.
El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un
gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí
mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del
error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere
mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de
votar.
El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al
cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular por
ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando,
echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo
gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el
otro que en si mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí
mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto. El señor Bin
Laden y la gente de su calaña no sólo odian a Occidente. No es tan
sencillo. Más bien creo que quieren salvar nuestras almas, quieren
liberarnos de nuestros aciagos valores: del materialismo, del
pluralismo, de la democracia, de la libertad de opinión, de la
liberación femenina…”.
Es decir, el fanático “te daña por tu bien” e incluso se daña a sí
mismo “por tu bien”. De ello se desprende claramente que la causa
del actuar estúpidamente es el fanatismo. Y los
populistas-fanáticos actúan dañando al prójimo supuestamente por su
bien y sin obtener ningún beneficio a cambio. Los bloqueos de 2006
de vialidades importantes de la Ciudad de México, se efectuaron
supuestamente por nuestro bien, —aunque el que las provoco también
se dañó—.
Sin embargo, esa identificación entre el fanático y su actuar
estúpido, nos da una esperanza que le da la vuelta, al aparente
pesimismo de Cipolla. Si la causa del actuar estúpido es el
fanatismo, basta entonces los fanáticos dejen de serlo. Lo anterior
representa un reto, porque eso implica de alguna manera lograr que
los estas personas dejen de ser fanáticos y dejen de dañar, lo cual
no es el objeto que éste escrito persigue.
Asimismo, al igual que la estupidez, el fanatismo puede aparecer en
cualquier persona, sin distingos de sexo, edad, condición social o
económica, religión, raza o educación. Por ello es que no
compartimos la teoría muy usada en nuestros días que afirma una
“polarización” de la sociedad mexicana entre ricos y pobres, cuando
lo que realmente está ocurriendo, es un ataque de unos fanáticos en
contra del liberalismo político, o sea, en contra del Estado
Constitucional mexicano.
Y por otra parte, habrá de recordar que la asociación con el
fanático en cualquier empresa garantiza una catástrofe necesaria,
recordemos que la cuarta ley fundamental de la estupidez humana nos
recuerda que los no estúpidos, es decir, los no fanáticos,
subestiman la nocividad del fanático. En este sentido, antes de
pasar a ver los aspectos que provocan los ataques al liberalismo
político, habrá de explicarse como se liga esta regla con la ceguera
del liberalismo.
A decir de Paul Berman, “El
liberalismo siempre ha tenido dificultades para reconocer la
naturaleza y a veces la existencia misma de estas rebeliones
totalitarias. Esto de debe, en parte, a que el liberalismo da por
sentado un mundo en el que la gente se comporta de acuerdo con un
análisis racional de intereses y deseos. Ése es el ideal liberal, y
es natural para sus partidarios asumir que ese ideal ya se profesa
extensamente.
Y, sin
embargo, justo el propósito de los movimientos totalitarios es
alzarse en contra de ese tipo de cálculos racionales. Los
totalitarios quieren vivir sus fantasías apocalípticas, quieren
sentir la excitación del odio intenso y la emoción que rompe los
tabúes del asesinato en masa. La gente con mentalidad liberal quiere
creer que no existe esa excitación y esos deseos.
Dado que el
liberalismo siempre se ha querido autocrítico, es muy fácil para la
gente con ideas liberales acabar observando los movimientos
totalitarios y, en un ánimo reflexivo, preguntarse: Y, ¿no somos
nosotros, los liberales, tan malos como ellos, o quizá peores? Lo
que en algunas ocasiones ha sido el caso, aunque no típicamente”.
Esa ceguera
que como se puede observar, tiene su origen en la cuarta ley
fundamental de la estupidez humana, es la que debemos evitar ahora,
no podemos ocultar el ataque tan grave que enfrenta nuestro sistema
político, y no podemos tampoco, bajo ninguna circunstancia, asumir
la posición que le atribuye al tiempo el dote mágico de terminar con
este problema, porque como se verá más adelante, el tiempo no cura a
los fanáticos, por más que en apariencia los ánimos se vayan
supuestamente “enfriando”.
Decíamos
entonces, que
a decir del mismo autor, dos son los aspectos que provocan los
ataques al liberalismo político, “Un primer aspecto ha sido una
enorme capacidad para la hipocresía.
Es perfectamente posible proclamar las intenciones más liberales y,
acto seguido, esgrimir una espada y emprender la marcha matando y
provocando el caos por razones que al final no tienen nada que ver
con las intenciones liberales”,
—es decir, que a veces los liberales se comportan como si no lo
fueran— y “el liberalismo siempre ha contenido un segundo aspecto
que también provoca abatimiento, no tanto práctico, sino metafísico.
Hay algo en el ser humano que ansía la unidad del pensamiento y la
sociedad, algo que quiere alcanzar una fuerza sobrehumana, algo que
anhela un dios, o algún otro poder supremo o mano que lo guíe. El
liberalismo, en su humildad, no niega este deseo. Pero tampoco lo
satisface. El liberalismo dice, en efecto: “Sí, puedes sentir este
anhelo, tienes derecho a sentirlo y a elaborar el sistema de
pensamiento religioso o filosófico que te plazca. Pero debes
permitir que estos anhelos y sistemas de pensamiento permanezcan
confinados a sus propias esferas, y
no reducir cada aspecto de la vida y de la
mente a un solo anhelo o sistema de pensamiento.”
O sea: debes respetar y convivir con las opiniones, también libres y
distintas, de los demás para lo cual, necesariamente tus anhelos y
sistemas religiosos no se pueden exportar a tus anhelos y sistemas
políticos, familiares, sociales, ideológicos, etcétera, ni
viceversa.
El autor citado concluye:
“Al escuchar tal mensaje, el alma se cae hasta los pies. Y por esto,
el liberalismo siempre ha dejado a mucha gente insatisfecha.”
Este sentir también, nos lo describe puntualmente Fernando Pessoa al
afirmar:
“Nos quedamos pues, cada uno entregado a sí
mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un
objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a
un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del
puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así en la
especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar
es preciso, vivir no es preciso”.
Así, los aspectos señalados, provocan una tensión permanente entre
los liberales y sus oponentes, porque para estos últimos, los
primeros no deben existir y por eso, les tememos en el poder, ya que
para los fanáticos-populistas, solo existen dos opciones, o estás
con ellos (y en consecuencia te vuelves fanático) o estás en su
contra (y en consecuencia debes desaparecer).
A pesar de esa tensión, nosotros pensamos que el Estado
constitucional democrático puede hacer algunas cosas para desviar el
ataque, evitando en la medida de lo posible actuar intolerantemente,
o de manera poco práctica, promoviendo una opinión pública tolerante
—donde también pueden participar todos los involucrados en la
formación de la opinión pública—,
mediante la materialización de algunas técnicas que para curar el
fanatismo nos proponen Amos Oz y Georges Corm y finalmente,
actualizando la norma que regula los juegos políticos —la
Constitución—, para poder actuar debidamente en la globalización,
con todo y un Estado de Derecho.
¿Cómo curar a un fanático?, se pregunta Amos Oz. Pero antes de
analizar sus sugerencias, veamos algunos otros caracteres del
fanatismo:
Los fanáticos “creen que el fin, cualquier fin, justifica los
medios. Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia,
se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante
que la vida”.
“No convertirse en fanático significa ser (…) un traidor a los ojos
del fanático”.
“Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en
la naturaleza humana, un gen del mal por llamarlo de alguna manera.””…la
semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una superioridad
moral que impide llegar a un acuerdo”.
“Hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente
sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación”.”Conformidad
y uniformidad, la urgencia por
«pertenecer a»
y el deseo de hacer que todos los demás «pertenezcan a», pueden
constituir perfectamente las formas de fanatismo más ampliamente
difundidas, aunque no las más peligrosas. (…) Una vez dicho que la
conformidad y la uniformidad son formas morigeradas pero extendidas
de fanatismo, tengo que añadir que, con frecuencia, el culto a la
personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la
adoración de individuos seductores, bien pueden constituir otras
formas extendidas de fanatismo”.
“Mucho cuidado, el fanatismo es altamente pegajoso, más contagioso
que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso
al intentar vencerlo o combatirlo.
A decir de Oz,
puede ayudar para curar el fanatismo,
el inyectar algo de imaginación en los que la padecen, utilizándola
para hacerlos sentir incómodos, mediante ejercicios que les
demuestren lo absurdo de sus visiones bipolares: “o es blanco o es
negro”.
.
También puede servir la literatura, misma que demuestra que siempre
el fanatismo termina en tragedia.
A su vez, también auxilia el aprender a gozar de la diversidad, de
situaciones con final abierto, imaginándonos a otro, “poniéndonos en
sus zapatos, manera de ver las cosas que la historia oficial no
ayuda, porque ella exige situaciones con final cerrado, inapelables
donde nuestros héroes nacionales resultan ser impolutos, libres de
toda vulnerabilidad humana a tal grado, que nuestros próceres,
resultan ser más pulcros que los dioses del Olimpo,
y finalmente, entendiendo que todos, más que islas, somos penínsulas
en el sentido de que al final del día todos tenemos el mismo origen,
porque todos somos seres humanos.
Empero, para dicho autor, la medicina es sin duda el sentido del
humor:
“Tener sentido del humor implica la habilidad de reírse de uno
mismo. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los
otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón
que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los
demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su
pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve.
Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de
razón o cualquier cosa cargada de razón. Con sentido del humor,
puede que además uno sea parcialmente inmune al fanatismo.”
Por su parte, Georges Corm, tratando en el fondo las mismas
cuestiones, ve como medicina en repensar y restituir el prestigio de
la laicidad: “(…) hay que restablecer ante todo la
laicidad y su prestigio, como elemento fundador de la sociedad
«moderna» frente a la antigua o a la organizada en torno al
monoteísmo bíblico, en la que la vida de los dioses o del Dios único
está íntimamente imbricada en la vida ritual e intelectual. La
laicidad es, en efecto, un componente substancial de la ciudadanía.
Es también un remedio permanente contra el fanatismo y las
tendencias colectivas al autoritarismo. Es el auténtico fundamento
de la autonomía del individuo y de su respeto por parte de las
autoridades establecidas. (…) [La laicidad] “Debe ser una negativa a
sacralizar toda doctrina susceptible de erigirse en absoluto
eludiendo la crítica de la inteligencia humana. Para ello, habría
que «laicizar» la laicidad, es decir, despojarla de su estatus de
doctrina «específicamente» cristiana y occidental, y hacerla
alcanzar un auténtico estatus de valor universal”,
pero, diríamos nosotros, sin a su vez sacralizarla o hacerla dogma o
deidificarla.
II. Populismo.
Ahora bien,
con relación al populismo
habrá de entenderse que no se trata de una posición política. No
toma partida con relación al principio de igualdad. Hay populistas
de derechas y de izquierdas. Tampoco es una forma jurídica o formal
de gobierno. Ellas son la autocracia o dictadura o la democracia, el
sistema parlamentario o el presidencialista, la monarquía o la
república, el mecanismo representativo o el directo. Puede aparecer
el populismo en una democracia, en una dictadura o en una monarquía.
Puede, como en el caso de Venezuela, iniciar en una democracia y
girar hacia una dictadura. Es muy maleable. No es ni doctrina ni
ideología. No persigue ideas concretas ni principio o valor alguno:
es hueco. Tampoco es un modelo económico, aunque por su idolatría al
Estado encarnado en el populista, normalmente tiende a una
intervención muy fuerte en el mercado. Un día puede tomar medidas
expansivas del gasto público y al otro restrictivas. Se distingue
por su oportunismo y su desorden e imprevisibilidad en las finanzas.
Nuestra
definición del populismo es la siguiente: Es una estrategia
política que manipula a las masas, mediante el uso del
sentimentalismo, para justificar la irracionalidad del populista en
la persecución, ejercicio y conservación del poder.
Contextualizamos al sentimentalismo en oposición a la racionalidad.
Todos sabemos que, por ejemplo, en una democracia, el voto se decide
racionalmente, ya sea por maximización de la utilidad (esto es lo
más normal: significa que el voto se decide en razón del beneficio
que se le otorgue al votante al menor costo), ya por coherencia
entre los principios del candidato y los propios del votante o por
una ponderación entre los medios y los fines que se le proponen, lo
cual es lo más extraño porque representa el dominio de información
muy compleja. Sin embargo, esta estrategia política busca que las
masas, levanten el velo de su razón para así permitir las
irracionalidades del que gobierna o pretende hacerlo. Una situación
racional es remplazada por una sentimental, que lleva a su vez a la
irracionalidad en la toma de decisiones, lo cual facilita la
aceptación y justificación de las irracionalidades del que manda o
pretende mandar. Así pues, las personas
¾en
ese estado de irracionalidad¾
permiten y facilitan perjuicios a costos altos en su contra,
incoherencias propias y si tuvieren el conocimiento suficiente, una
ponderación deficiente entre medios y fines. En resumen, al levantar
el velo de la razón de las masas, el que manda o pretende mandar,
hace lo que quiere.
El engaño
funciona así: en primer lugar hay que señalar la necesidad de la
existencia de EL ENEMIGO. El enemigo es la gasolina
del motor llamado populismo. El enemigo es una minoría o un ente
ambiguo representado por algún sujeto (Por ejemplo: el imperialismo,
representado por Bush, en el caso de Venezuela). El segundo elemento
es EL PUEBLO. El pueblo
¾de
acuerdo a esta estrategia¾,
es un sujeto. ¿Cómo se construye a este sujeto? En un primer plano,
tenemos a las personas. Luego, al reunirse un conjunto más o menos
amplio ¾esa
amplitud siempre será relativa¾,
surge el pueblo. El pueblo así concebido, es además superior a los
sujetos que lo conforman y abarca además a aquellos que
físicamente no se han reunido. Además, como todo sujeto, tiene
voluntad y sentimientos. Sin embargo, la única manera de observarlo
empíricamente es a través de muchedumbres reunidas y manifestándose,
¾que
obviamente son relativamente fáciles de manipular¾.
Lo anterior obedece a una característica muy peculiar: el pueblo es
intangible, pero se materializa a través de las masas. Pero como
regularmente las muchedumbres no se encuentran reunidas, se requiere
de alguien que interprete su voluntad y sentimientos. Ese alguien es
EL POPULISTA. Él es el sumo intérprete del pueblo.
El pueblo en
el sentido estudiado es una víctima permanente de su enemigo, su
voluntad es perfecta y sus sentimientos son absolutamente genuinos.
Esas cualidades se trasportan tal cuales a su máximo interprete. De
lo anterior se desprende que la voluntad del populista es perfecta y
sus sentimientos son completamente correctos porque corresponden a
los del pueblo y además siempre es una víctima. El pueblo se
manifiesta supuestamente a través del populista. De ahí deviene la
justificación de todas las acciones, racionales o irracionales,
buenas o malas del populista. El populista entonces, no tiene
límites. Podemos señalar algunas de las características de aquellos
que no tienen límites: son voluntaristas, demagogos o mentirosos,
conflictivos, arbitrarios, en resumen: irracionales. Pero
además requieren de otra característica. Necesitan ser carismáticos
y excelentes políticos para ganar la carrera del populismo, para ser
el candidato a populista colocado en el lugar correcto, en el
momento oportuno. Cabe hacer mención que el candidato a populista no
es lo mismo que el populista, aunque en el lenguaje común se
confunden. Para poder calificar a alguien de populista, no basta que
reúna las cualidades antes señaladas (voluntaristas,
demagogos o mentirosos, conflictivos y arbitrarios) sino que
busquen, tengan el poder o pretendan conservarlo (estar
correctamente colocados) y que en esos lances las demuestren.
¿Pero, esta
estrategia política será plausible en todos lados, en todo momento?
Parece que no es así. Se requiere que algunas precondiciones ya
aisladas o en su conjunto y dependiendo de su intensidad, se den en
la sociedad. Ellas son: desigualdad económica, pobreza, falta de
cohesión social, tendencia cultural al patrimonialismo y decadencia
moral.
Para que el
populismo aparezca en una sociedad
¾además
de contar con las precondiciones antes indicadas¾
requiere de dos factores. De una sociedad que lo permita y de un
populista que asuma el papel. Para ello, el populista debe ser
sumamente hábil y coadyuvar a politizar a la sociedad. Por otro
lado, la sociedad debe tener una predisposición sentimental
favorable masificada, que le facilite quitarse el velo de la
razón y así aceptar irracionalmente las órdenes irracionales del que
manda. Nos encontramos entonces en el campo de los sentimientos, no
en los lugares de la razón.
a) La pericia
del populista.
El populista
para lograr su objetivo debe trabajar muy fuerte y como ya se dijo,
encontrarse en el lugar y momento adecuado. Debe también
desconcertar, aparecer como una esperanza, pero al mismo tiempo,
debe fomentar la creación de percepciones
¾deriven
o no de la realizad¾
negativas en las mismísimas personas acerca de su situación. Debe
fomentar la maximización de un ideal. (no importa cual, pero
normalmente es uno vigente en la sociedad; por ejemplo, en un Estado
democrático, grita vehementemente ¡más democracia!). Pero no todo
depende del populista, aunque cuando además fanático, es muchísimo
más peligroso.
Todos sabemos,
nos lo dice Sartori, que la democracia es un gobierno de opinión, y
en concreto nos explica como se forma la opinión pública y cual es
el papel de cada quien en esa formación. Normalmente nos explica, se
forma en cascada, donde en la parte superior se encuentran las
elites económicas, sociales y políticas, luego los medios masivos de
comunicación, para pasar por el filtro de los líderes locales de
opinión y finalmente se llega a la masa. Puede también eventualmente
por una crisis política económica o social, crearse de abajo hacia
arriba mediante estallidos de opinión, donde la influencia de los
intelectuales es fundamental. Y finalmente, se forma mediante la
identificación de los grupos (familia, partido, religión, etcétera).
Nada impide
que estos mecanismos de opinión influyan en la creación de una
predisposición sentimental masiva favorable al populismo. Esta
predisposición puede contener entre otros, los siguientes
sentimientos negativos; ansiedad por el estatus (materialismo),
desesperación, resentimiento, desilusión y rencor.
c) La
politización extrema de la sociedad.
No obstante,
puede ocurrir todo lo anterior, sin que se active el populismo.
Antes dijimos que el enemigo es la gasolina del motor llamado
populismo. El populismo no puede mantenerse sin él. Para ello, hay
que crear al enemigo y ello solo ocurre cuando se politiza de manera
extrema y anormal a la sociedad. El ciudadano estándar, se
limita en política a votar. Ello además es lo recomendable. Como ya
señalamos, el ciudadano al votar en términos generales lo hace
racionalmente. Obviamente entre más racionalmente lo haga es mejor:
cuando lo hace por coherencia o por la ponderación entre medios y
fines en lugar de hacerlo simplemente por conveniencia. Sin embargo,
el participacionismo malo, consiste en involucrar o pretender
hacer involucrar al ciudadano normal de manera forzada en la
vorágine de la política. (para ello están los políticos
profesionales) Quisiera aquí mencionar, que a pesar del término,
existe un participacionismo bueno, cuyo término adecuado es
una correcta ciudadanía, no como la hemos llamado
participación democrática. Pero en fin, lo importante es destacar
que los mecanismos de formación de opinión pública también pueden
ser utilizados de manera conciente o por error, para difuminar una
politización extrema en la sociedad, y que al conjugarse dicha
politización con una sociedad donde los sentimientos de ansiedad por
el estatus (materialismo), desesperación, resentimiento, desilusión
y rencor, se encuentran a flor de piel y con la presencia del
populista en el lugar y momento oportuno, desencadenan sin remedio
al populismo.
Todo lo
anterior nos indica de manera esperanzadora que si se puede evitar
el populismo. Obviamente primero, al erradicar las precondiciones
señaladas: desigualdad económica, pobreza, falta de cohesión social,
tendencia cultural al patrimonialismo y a la decadencia moral. Si en
la circunstancia concreta se encuentran presentes, entonces hay que
hacer una o las dos cosas siguientes: o neutralizar al populista y/o
evitar el aterrizaje de una predisposición sentimental masiva
favorable al populismo. ¿Como se puede neutralizar al populista?
Nosotros pensamos que la única manera es a través de instituciones
que limitan el poder fuertes. Y esas instituciones solamente se
pueden desarrollar en un Estado Constitucional. Pero además una
Constitución es respetada cuando su vigilante, el Tribunal
Constitucional (en nuestro caso la Suprema Corte de Justicia de la
Nación, y en algunos casos las cámaras legislativas), es respetado y
efectivo. De lo anterior se desprende que en un Estado no
Constitucional o con una Constitución inefectiva (con arbitro
débil), el populista no puede ser neutralizado. Por su parte, la
predisposición sentimental (recordemos que en éste tema estamos en
el campo de los sentimientos) masiva favorable, puede ser contenida
o corregida cuando ya surgió, mediante una adecuada y responsable
creación de opinión pública. Donde todos los involucrados, antes de
ser enajenados por la maquinaria populista (y perder la racionalidad
en consecuencia), en lugar de fomentar con nuestra conducta
sentimientos negativos, fomentemos los contrarios, en lugar de
materialismo, humanismo, en vez de desesperación, esperanza,
etcétera. Finalmente, y en el caso de que el populista no hubiere
podido ser neutralizado ni la predisposición sentimental detenida,
todavía queda una oportunidad. Consiste en evitar mediante todos los
medios legales posibles la politización extrema de la sociedad.
Recordemos que esa politización es la ignición del motor llamado
populismo: le da vida a EL ENEMIGO. ¿Cómo hacerle? Veo que la
respuesta tiene dos vertientes o rutas: una por la acción
gubernamental y otra por la creación de opinión pública inteligente.
El gobierno y en concreto la legislación y las autoridades
electorales deben limitar la excesiva propaganda
¾mediante
la reducción de los financiamientos¾,
la duración de las campañas y procurar, en la medida de lo posible,
la simultaneidad de elecciones locales con las federales. Por otro
lado, todos los involucrados en la creación de opinión pública que
no hayan perdido la cordura: líderes empresariales, sociales,
políticos, los medios de comunicación, los líderes locales de
opinión, los intelectuales, las iglesias y las universidades deben
asumir su responsabilidad: si no crean una opinión diferente o por
lo menos no provocan una que politice negativamente a la sociedad,
contrario a constituirse en una barrera que detenga al populismo,
contribuirán al mismo como su catalizador.
El populismo
es sumamente peligroso. Significa entregarle todo el poder a una
persona. Significa ponernos a su disposición como lacayos. Significa
renunciar a nuestras ideas por las suyas, destruyendo a toda cuanta
minoría se le ponga en frente. El populismo es ambiguo, escurridizo,
difícil de entender y de atacar, pero aún así, se le puede enfrentar
y neutralizar.
Como ya antes
los mencionamos, la combinación fanatismo-populismo es sumamente
compleja. Su contención solo puede hacerse si tratamos de entender
como razonan y reaccionan. En todo caso, a todos aquellos que
valoramos nuestra libertad tenemos que hacer algo.
“Todos
sabemos, nos lo dice Sartori, que la democracia es un
gobierno de opinión, y en concreto nos explica como se forma
la opinión pública y cual es el papel de cada quien en esa
formación. Normalmente nos explica, se forma en cascada,
donde en la parte superior se encuentran las elites
económicas, sociales y políticas, luego los medios masivos
de comunicación, para pasar por el filtro de los líderes
locales de opinión y finalmente se llega a la masa. Puede
también eventualmente por una crisis política económica o
social, crearse de abajo hacia arriba mediante estallidos de
opinión, donde la influencia de los intelectuales es
fundamental. Y finalmente, se forma mediante la
identificación de los grupos (familia, partido, religión,
etcétera)”. Fragmento tomado de: AGUIRRE SÁNCHEZ, SERGIO
SALVADOR “Algunas notas sobre el populismo”. Revista
Entorno, año 18, número 210, Febrero de 2006, pp. 24-29.
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