|
“Opinión pública y las elites económicas, sociales y políticas”. Lex,
Difusión y Análisis.
Número 142, Abril de 2007.
Por: Sergio Salvador Aguirre Sánchez.
Consultor independiente y Catedrático de Teoría General del Estado
de la Universidad Panamericana, campus Guadalajara.
sergio_aguirre@aguirre-consultores.com.mx
La democracia es un gobierno de opinión, la cual se materializa en
el voto ciudadano. El vínculo entre democracia y opinión pública es
constitutivo. Entre la opinión pública sea más autónoma, la calidad
democrática del sistema se incrementará.
Las anteriores afirmaciones parecen en estos tiempos ser
desconocidas por muchos. La sentencia del Tribunal Electoral del
Poder Judicial de la Federación respecto de la elección presidencial
de 2006, contiene reproches de ilegalidad por la conducta desplegada
por algunos integrantes de las elites económicas e incluso por
ciertos políticos por el simple hecho de haber desempeñado su papel
en la formación de opinión pública durante la campaña. Esos
reproches han servido de pretexto para tachar como ilegítima a una
elección que sí lo fue. Además, como consecuencia, cualquier crítica
o desacuerdo mínimo con aquellos que afirman fraude, por parte de la
elite económica, social o política, es inmediatamente acusada,
exigiendo silencio.
Sartori citando a Deutsch, nos explica como se forma la opinión
pública y cual es el papel de cada quien en esa formación.
Normalmente, se forma en cascada, donde inicia en las elites
económicas, sociales y políticas, para luego pasar por los medios
masivos de comunicación y atravesar el filtro de los líderes locales
de opinión y finalmente, llega a la masa. Puede también
eventualmente por una crisis política económica o social, crearse de
abajo hacia arriba mediante estallidos de opinión, donde la
influencia de los intelectuales es fundamental. Y finalmente, se
forma mediante la identificación de los grupos (familia, partido,
religión, etcétera). Estos procesos no son lineales ni exactos,
existen retroalimentaciones y distorsiones.
En este sentido, la opinión pública será autónoma (veraz) —y por lo
tanto en sintonía con un sistema democrático— en tanto todos y cada
uno de los mecanismos antes anotados fluyan naturalmente. Para ello,
las garantías individuales y en específico aquellas que impiden a
los poderes silenciar o dejar silenciar a los ciudadanos deben
encontrarse vigentes en su plenitud. Ya hemos visto como la Iglesia
católica, la nueva Presidencia y las agrupaciones empresariales y
profesionales, han sido atacadas, buscando no otra cosa sino
reducirlas a mudos testigos, pretendiéndose aplastarlos, pero ahora
se ha llegado al extremo de acallar directamente a los propios
comunicadores, tal como le ocurrió a Carlos Tello.
Nosotros creemos que una cosa es gobernar y otra muy distinta el
formar opinión pública. No corresponde a las iglesias, a las
agrupaciones empresariales, ni a cualquier otra entidad que
represente a las elites económicas o sociales gobernar: ello toca a
las autoridades legalmente instituidas. Sin embargo, sí les toca ser
parte integrante en la formación de la opinión pública, ya sea
durante el periodo electoral o fuera de él. No tienen además solo el
derecho, sino el deber cívico de hacerlo, siempre y cuando no violen
la ley.
Parece que lo políticamente correcto es ahora dejar pasar los
agravios a nuestra joven democracia, para parecer tolerantes o no
represores, cuando en el fondo, lo que se pretende es terminar con
la autonomía de la opinión pública que si bien, su calidad no es ni
nunca lo será perfecta, hoy es bastante respetable.
Las elites económicas, sociales y políticas no tienen porque
callarse: todo lo contrario. Es ahora más que nunca cuando deben
hablar con mayor temple y fuerza, llevando a cabo su correspondiente
labor en la democracia, sin miedo..
.
|