“Salarios altos para altos funcionarios”.

  Mural, 19 de marzo de 2007.
 

6.    Opinión Invitada

En 2003 el CIDE publicó un trabajo de Laura Carrillo y Juan Pablo Guerrero acerca de los salarios de los altos funcionarios de México. En dicho estudio se establecen algunas hipótesis acerca de por qué dichos salarios son mucho más altos en comparación con otros países, desarrollados y en vías de desarrollo.

Algunas de estas explicaciones son las siguientes: la incertidumbre laboral en la función pública, la falta de mecanismos adecuados para medir el desempeño y para rendir cuentas, la desigualdad proverbial de nuestro país en el ingreso. Un dato además muy importante: si se hace una comparación entre funcionarios mexicanos y extranjeros respecto del salario neto, los mexicanos aparecen por mucho mejor pagados, empero, si la comparación incluye su pensión, se equilibran.

Ello ocurre porque en México no hay sistemas de pensiones que en realidad garanticen la seguridad económica de los funcionarios hasta su muerte; y en cualquier momento pueden ser despedidos, lo cual es compensado por el alto salario.

Cuando fui funcionario público participé en la creación del Servicio Fiscal de Carrera del Servicio de Administración Tributaria. Fue un trabajo monumental y costoso. La finalidad era precisamente eliminar la incertidumbre laboral y regular ascensos, la realización de exámenes de oposición y un largo etcétera. El sistema se inició: se hicieron exámenes a todos los administradores y subadministradores del país; todos comenzamos a conocer y a movernos en las nuevas reglas, pero llegó el cambio de Gobierno de Vicente Fox, y el Servicio Fiscal de Carrera fue eliminado de un plumazo por los nuevos jefes -también priistas por cierto-, que luego corrieron y metieron a cuantos pudieron; sólo algunos de ciertas áreas nos salvamos de la vendetta. Esta situación nunca se ventiló en la prensa.

Todo lo anterior lo traigo a colación porque considero que en efecto, como lo dice el estudio referido, la principal razón de los altos salarios es esa inseguridad. Además, los funcionarios de confianza tienen que trabajar lo que los sindicalizados dejan de laborar porque las prebendas, disfrazadas de victorias sindicales, en la mayoría de los casos consisten en trabajar menos tiempo, lo cual les permite tener otra ocupación sin que eso le cueste al Estado; sin tener que subirles el sueldo.

El asunto no es tan sencillo como lo entienden nuestros legisladores. Ellos creen que poniendo un límite a los salarios de los funcionarios van a solucionar el problema; otra vez pues, poniendo la carreta antes de los bueyes. Lo único que van a obtener es que los funcionarios mejor calificados del Gobierno, que se encuentren en su edad de máxima productividad, renuncien.

El camino es otro, en donde la reducción de salarios de los funcionarios de confianza y la elevación de los sueldos de los sindicalizados es el último paso. En ambos casos, no se puede hacer una norma que determine cuánto van a subir o cuánto van a bajar, sino que dependerá de cada caso en particular.

En este sentido, hay que rescatar el interés de nuestros legisladores de hacer algo. Sin embargo, están mostrando un verdadero desconocimiento del tema. Primero hay que arreglar las causas del problema y después atender su efecto.

Pero sé que es un tema de orden que quizá no sea tan popular y vistoso como el bajar los sueldos de la burocracia de un jalón.

En todo caso, la ley se va topar con pared: con la realidad -y no la va poder cambiar-.

Sergio Salvador Aguirre Sánchez es socio de la firma Aguirre, Consultores Legales..
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