Fracaso del voto en el extranjero: cuando se aprueba una ley contra
principios.
Por: Sergio Salvador Aguirre Sánchez.
El establecimiento del voto en el extranjero contradijo los principios
liberales de nuestra Constitución. Cuando se aprueba una ley que
va en contra de principios jurídicos, su destino regular es el
fracaso. Un ejemplo de esto es nuestra legislación laboral. Es una
ley que coloca artificialmente en una situación de minusvalía
jurídica al patrón, para así supuestamente, ubicarlo en una
situación de igualdad de hecho con relación al trabajador. El
resultado es nítido: una ley que no nos permite ser competitivos,
fomentadora de corruptelas y catalizadora de abusos.
Lo mismo ha ocurrido con el voto en el extranjero. Además de la rabia,
que como contribuyentes nos debe dar el despilfarro de recursos
dado para solventar esta nueva figura, el resultado se prevé
negativo. A lo sumo votarán, tal como van las cosas, un 2% de los
mexicanos residentes en el extranjero.
El criterio patrimonialista tomado como justificación para echar a andar
el voto en el extranjero va en contra de los principios de
residencia y de universalidad del voto. Recordemos que
inicialmente solo tenían derecho a nombrar representantes en los
parlamentos los dueños de la tierra, por lo cual, no eran la
nacionalidad ni la residencia los criterios observados, sino la
propiedad.
Luego, en las constituciones liberales se amplío el voto a todos los
hombres, fueren propietarios o no propietarios, y más adelante
también a las mujeres, dejando atrás en definitiva el criterio
patrimonialista.
Ahora, los criterios de nacionalidad y residencia ¾unidos¾
son normalmente utilizados para definir a quien le toca votar. En
algunos Estados europeos, el derecho de voto, e incluso el de
participación política, giran en torno a la residencia, pero
siempre y cuando los votantes sean nacionales de cualquier otro
país comunitario.
En nuestro país, antes de la reforma, coincidían los criterios de
nacionalidad y de residencia.
Así, era justificante el vínculo nacional, cuya función es unir
jurídicamente al individuo votante con el Estado, pero además, el
criterio de residencia obedecía a los vínculos culturales,
tributarios (se pagan impuestos donde se reside) y en general de
intereses vitales o económicos del lugar donde se residía.
La reforma constituyó entonces un regreso al criterio patrimonialista,
donde la residencia no es ya (junto con el de nacionalidad), el
criterio o principio rector del derecho de voto. Ahora según eso,
ya no es tan importante el vínculo cultural, el hecho de que se
paguen impuestos o no en el país, estado o municipio en el que se
resida, o los intereses personales que se tengan, sino que lo
importante es el hecho de generar recursos en el extranjero y
mandarlos al país.
Ese es el problema, no el atribuirles una falta de desinterés a nuestros
connacionales en el extranjero o un equivocado actual del
Instituto Federal Electoral ¾mismo que se opuso desde el inicio a esta situación¾.
Ojalá nuestros legisladores aprendan de esta equivocación y sean
en adelante sumamente concientes de su papel: ser los intérpretes
políticos de nuestra Constitución.
Los partidos políticos oligopólicos, ¿un mal necesario?
Por: Sergio Salvador Aguirre Sánchez
A decir de Sartori, la democracia política es una forma de Estado, pero
no es fácil comprenderla. Tiene dos dimensiones: horizontal y
vertical. De ésta última, existen dos contextos, ambos necesarios
para entenderla cabalmente: lo que es la democracia ¾punto de vista descriptivo¾
y lo que debe de ser ¾punto
de vista prescriptivo¾.
Desde el punto de vista horizontal, la democracia es un gobierno de
opinión, la cual, junto a la democracia electoral, son la base del
edificio.
Desde la óptica vertical, es decir, desde el prisma del quien es el que
manda y quien es el que obedece, la democracia se caracteriza por
el leadership, o sea: por el mandar guiando. Pero, ¿quien
es el que manda? Hay quienes afirman que se trata de una
oligarquía compuesta de los mismos de siempre. Ese argumento nunca
ha podido ser comprobado. Es por ello que el autor citado, define
a la democracia como una poliarquía electiva; un gobierno de
muchos que no se autoimponen en el poder, sino que son electos por
otros para ejercerlo.
Pero se hace una pregunta de lo más interesante: ¿Qué valor tiene el que
la suma de voluntades a través del voto sea valiosa? Y llega a la
siguiente conclusión: lo valioso es que se presupone se está
seleccionando al mejor del grupo, desprendiendo de ello el deber
ser de la democracia: buscar ser una poliarquía selectiva, osea,
lograr hacer llegar al poder a los mejores de entre los que votan.
Lo anterior lo traigo a colación, porque el pasado 19 de enero, apareció
en la editorial de EL INFORMADOR un interesantísimo artículo de
Leo Zuckermann intitulado “Oligopolio electoral”, en donde compara
a los partidos políticos con cadenas de restaurantes. Concluye ese
excelente editorialista ¾con
el cual prácticamente siempre coincido¾
que la situación de tener tan pocas ofertas políticas encarece la
calidad de la política, e insinúa la debatida postura de las
candidaturas independientes como una solución a esa escasa oferta.
Yo estoy de acuerdo parcialmente con él. Creo que la creación de partidos
políticos debería ser un trámite más sencillo, si bien con los
suficientes candados para evitar se conviertan en negocios o en
mercancía pronta a ser subastada. Sin embargo, como ya se indicó
antes, la democracia debe buscar seleccionar entre nosotros a los
mejores para que nos manden guiando. Ello creo, se contrapone con
la idea de permitir postularse al que se le apetezca.
Los partidos políticos en una sociedad democrática son indispensables.
Entre sus funciones, la principal es servir de filtro en la
selección de los mejores. Por ello, considero que el camino para
elevar la calidad de la política depende de los propios partidos y
de la presión que sobre ellos ejerce la opinión pública. Entonces,
sería interesante enfocar la crítica más hacia la búsqueda del
mejoramiento de esas instituciones, que a su descalificación. Lo
anterior implica una mejor trasparencia de los partido para, por
ejemplo, poderles exigir destinen mas recursos a la capacitación
de sus integrantes, en lugar de despilfarrarlos en propaganda.