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La política criminal represiva en el Estado de derecho democrático y
constitucional.
Por: Sergio Salvador Aguirre Sánchez. (Presidente del Capítulo Jalisco de
la Barra Mexicana, Colegio de Abogados)
En el Estado autoritario mexicano de hasta medianos
de los noventa, bien cabía la actual política criminal represiva.
Esa política nos la describe y critica muy bien Daniel E. Herrendorf:
“La
idea de la protección de la seguridad pública a través de más leyes
penales, tipificación de más delitos y penas más graves, suspensión
de excarcelaciones y demás, puede tener dos perfiles:
a.
Responde a la mentalidad ingenua que dominaba a los
cavernícolas que creían que atrapaban a las fieras que dibujaban en
la pared de la caverna. Sería un residuo del pensamiento mágico.
b.
Responde a un grado de perversidad más alto que el usual en
las políticas criminales. Las agencias jurídico-penales no ignoran
que sus sistemas de selectividad condenan a los más vulnerables y
despenalizan a los poderosos. Todo está en el grado de
vulnerabilidad; en general son condenados los pobres infelices que
no tienen dinero para sobornar, ni poder público, ni amigos
oficiales.
Además, el sistema penal condena a los fracasados: los que consuman
una empresa criminal exitosa cuentan con un altísimo grado de
invulnerabilidad.
En
suma, el sistema penal, cada vez más irracional y represivo, no
parece servir para lo que se supone que podría servir, y es muy
eficaz para controlar, reprimir injustamente, agobiar a los
vulnerables y mantener sistemas de infravida; problemas a los cuales
los funcionarios públicos han respondido generalmente con más
presos, cárceles llenas, y el mito del delincuente archivado.”
Hasta aquellos años, México no era un Estado de derecho democrático y
constitucional. Se transigía regularmente con la ley a través de
sistemas de compensaciones que sustituían a su aplicación. La
elecciones no eran competidas, limpias y absolutamente confiables y
no teníamos un Tribunal Constitucional. El gobierno era arbitrario y
autoritario. Los límites marcados en la Constitución, eran
regularmente rebasados por la figura presidencial sin que ello
molestara a muchos. En fin, cada vez mas atenuado, ese era el Estado
mexicano previo al actual.
En ese Estado, la aún vigente política criminal represiva, iba bien.
Dicha política con ese Estado antidemocrático, casaban bien:
funcionaban bien unidas. Sin embargo, conforme el Estado mexicano se
fue adentrando a su transición ¾coincide el inicio de la transición con la crisis de 1994 y el aumento
generalizado de la delincuencia en el país¾
la política criminal se mantuvo. Ello sin duda ha contribuido al
deterioro en la seguridad pública nacional, porque si bien la crisis
elevó los indicies de delincuencia, una vez desaparecidas sus
secuelas, dichos índices se mantuvieron.
No es entonces mediante la elevación de penas, ni mediante el abuso en la
prisión preventiva que degenera en el mito del delincuente
archivado, como se podrá atacar eficazmente la inseguridad
pública. Se requieren modificar los paradigmas. Tomar caminos
contrarios a los tradicionales.
Ello es obviamente difícil y requiere de un monumental trabajo, pero es
preferible iniciar ya, a continuar con el viejo modelo, mismo que
demuestra con cada vez más frecuencia, su inutilidad con los grandes
fracasos de la procuración de justicia por todos conocidos.
Si los encargados de la procuración de justicia en
nuestro país, no alcanzan el desarrollo obtenido por los jueces
mediante su independencia, es porque no se han percatado que nuestra
nación ya cambió. Tenemos pues, un poder judicial desarrollado,
actualizado a las nuevas condiciones estatales y una procuración de
justicia vetustísima y atrofiada.
Nuestro Estado de derecho democrático y constitucional exige una política
criminal seria y no represiva que evite la impunidad. El no hacer
nada por alcanzarla es un verdadera irresponsabilidad. |